El certamen tiene como objetivo estimular la creación literaria en torno a los aspectos positivos del sistema sanitario y sus profesionales.
La tercera edición de 200 Pulsaciones, el concurso de microrrelatos de Escuela de Escritores y Roche Farma España, ya tiene ganadores. El jurado, presidido por el escritor Lorenzo Silva, ha designado como ganador el microrrelato Hipótesis del buen paciente, del escritor gallego Xavier Lama, de Santiago de Compostela. En total se han presentado 2.689 microrrelatos a esta tercera edición, lo que supone un aumento de más del 80% respecto a la anterior.
El primer premio está dotado con un importe de 2.000 euros más una matrícula gratuita para un curso online de escritura creativa de tres meses de duración organizado por Escuela de Escritores.
Por su parte, el microrrelato Los días buenos, de Lucía Angulo, de Madrid, ha sido galardonado con el segundo premio, dotado con 1.500 euros, mientras que Antonio Tocornal, de Son Servera (Mallorca) ha logrado el tercer premio, dotado con 1.000 euros, con su microrrelato Agujero de gusano. Ambos podrán disfrutar también de un curso online de Escuela de Escritores.
La entrega de los premios tendrá lugar próximamente en la sede de Roche Farma España (C/Ribera del Loira 50, Madrid).
El concurso 200 Pulsaciones tiene como objetivo estimular la creación literaria en torno al sistema sanitario y sus profesionales desde una perspectiva positiva. En esta edición, los relatos deberán comenzar con la frase Ahora ya no temía a las batas blancas y no sobrepasar las 200 palabras de extensión, sin contar con el título y la frase de inicio.
El presidente del jurado, el escritor Lorenzo Silva, destacó en los relatos de esta edición, “en primer lugar, la capacidad de sus autores para esquivar con inventiva y audacia los enfoques consabidos, en asunto tan narrado como la enfermedad y el esfuerzo de los sanitarios por combatirla. Y en segundo lugar, la búsqueda del tono, que lleva a la selección de las palabras: no es fácil nombrar el dolor, ni lo que con él se nos descubre, esa humanidad profunda, siempre traspasada de esperanza, a la que no llegará, jamás, el relato de una IA”.
Germán Solís, subdirector de Escuela de Escritores y secretario del jurado del certamen, destacó el gran volumen de participación de esta edición junto a la calidad literaria de los tres textos ganadores, que "aportan, desde enfoques literarios muy diferentes, una atmósfera luminosa y un mensaje positivo cumpliendo con la dificultad añadida de la brevedad impuesta por el formato”.
Por su parte, Beatriz Lozano, directora de Comunicación, Pacientes y RSC de Roche Farma España, señaló que “el aumento del más del 80% del número de relatos presentados en esta tercera edición de 200 Pulsaciones habla por sí solo del éxito del certamen, que esta vez ha favorecido la creación de casi 3.000 pequeñas historias en positivo sobre el enorme valor añadido que nos aporta el sistema sanitario y sus profesionales. Desde Roche Farma felicitamos a los ganadores, pero también a todos los participantes, por su esfuerzo y por la calidad de los textos presentados, pero también por ayudarnos a generar esta corriente positiva en torno a nuestros sistemas de salud”.
Relatos ganadores
Los microrrelatos ganadores, que se han hecho públicos también en la web de Escuela de Escritores, son los siguientes:
Ganador
Hipótesis del buen paciente, por Xavier Lama.
Ahora ya no temía a las batas blancas. Había aprendido que, si uno respira frente al estetoscopio, el médico puede oír una crisálida luminosa palpitando entre las costillas. Antes de cruzar la puerta del consultorio alisaba sus miedos como quien plancha una sábana invisible. Nunca miraba la camilla: temía que lo invitara a quedarse. Al preguntarle qué sentía respondía con metáforas, porque la precisión mortifica y él prefería dolerse con estilo.
Cuando la enfermera comprensiva le ajustaba el brazalete imaginaba que le tomaba el pulso del alma. Si la aguja se acercaba cerraba los ojos: cada pinchazo era una puerta diminuta al asombro. Si el doctor de palabra mesurada fruncía el ceño, comprendía que pretendía leerle el destino en los glóbulos rojos.
Sonreía al termómetro, aunque no demasiado: los instrumentos se enamoran con facilidad. Cuando lo acostaban pensaba que flotaba en una nube de anestesia y latidos prestados.
Antes de irse agradecía a los virus por su visita; sin ellos nadie se acordaría de su cuerpo. Cerraba la puerta con cuidado: otro paciente podría despertar en su piel. Y al partir concluía, con íntimo gozo, que la salud no puede ser una enfermedad bien vestida.
Segundo premio
Los días buenos, por Lucía Angulo.
Ahora ya no temía a las batas blancas. Viene a verme tres veces al día. No puedo verlo, pero huele a mandarina. Me desnuda con mucho cuidado porque le da miedo dañar mi cuerpo insomne. Los días buenos, como hoy, sus dedos rozan mi espalda al desatar el nudo de mi camisón de lunares. Después me pasa la esponja lentamente, sin prisa. Nunca descuida ninguna de mis extremidades. También me cambia la bolsa del suero y cura la herida por la que el líquido entra en mi cuerpo. Pasa una gasa en círculos por la piel de mi antebrazo y algunas veces casi me dan ganas de abrir los ojos. Y me habla, pero solo de cosas felices. Me cuenta las historias de los libros que lee y los títulos de las películas que se estrenan cada semana. Las rupturas de los famosos y las palabras nuevas que aprende su hijo pequeño. Su voz es suave, como sus dedos. Yo me aferro a ella como a una cuerda. Y tiro.
Tercer premio
Agujero de gusano, por Antonio Tocornal.
Ahora ya no temía a las batas blancas. Sabe que en el hospital ya no tiene nada que hacer y pidió que la enviasen a su casa.
La anciana se levanta de la cama y abre la puerta del frigorífico. No es que tenga apetito, es que necesita matar el tiempo. En lugar de comida, encuentra una escalera que desciende. Sin pensárselo, comienza a bajar los escalones. La puerta se cierra tras ella, pero la luz no se apaga; es una luz fría, luz de frigorífico. Cuanto más baja, más ligera se siente. Cuando llega abajo —no se sabe cuántos escalones ni cuánto tiempo después—, se encuentra con el lado interior de otra puerta de frigorífico. La empuja con cautela y sale a la cocina de la casa de su infancia. Huele a leña y a harina. Su madre, que lleva más de cincuenta años muerta, amasa un pastel para hornear; su pastel favorito. Cuando ve a su hija, le pregunta divertida qué hacía dentro de la nevera, y si ha merendado ya. La niña, en lugar de responderle, se empina para llegar a la encimera y le pregunta a su madre si puede chupar el molde.

